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Droga y Neoliberalismo

Lic. Alicia Noemí AlanizDescargar PDF

Resumen
Prefacear un texto es un trabajo arduo y difícil, máxime cuando su temática ha sido objeto de diversos discursos. Sin embargo, por ser un problema que acontece en la sociedad, se infiere que es pertinente su abordaje desde el trabajo social. Por lo tanto se intentara, a través del mismo, establecer la posible relación que existe entre drogas, cuestión social y poder hegemónico y su manifestación en la cultura musical, específicamente rock nacional y cumbia villera. También se explícita los diferentes modelos alternativos existentes que dan respuesta al problema, correspondiéndose ideológicamente a los paradigmas en pugna. En sus capítulos, se revela la multicausalidad del fenómeno y la conclusión, a la que se arriba, trata de provocar en el lector la problematización del tema.
La explosión de las toxicomanías en el seno de nuestra época moderna, cuya peculiaridad es el dominio del discurso de la ciencia y la fabricación del objeto técnico como correlato de la operación del saber de la ciencia sobre lo real, son hechos evidentes.
El confort y el progreso que promete el avance de la ciencia pone de manifiesto el florecimiento extraordinario de las nuevas formas de síntomas y éste habla, en un lenguaje distinto al de lo visible. Habla el lenguaje de lo que está reprimido o de lo que está latente. Es, en término de Volosinov, el signo que mantiene su vida gracias al cruzamiento de acentos es decir, a la lucha social que se desata por él.
La clase gobernante trata de imponerse dándole un sentido “super-clasista” a este signo ideológico. Sin embargo, existe una característica interna que posee el mismo y que solo sale a la luz plenamente en épocas de crisis social o de cambio revolucionario.
Por lo tanto, esta disputa cultural se ciñe de distintas formas, que van desde la tergiversación hasta la recuperación, pasando por un sin número de gamas (negociación, resistencia, etc.) y que se dan en un campo social donde se incorporan.
En efecto, es la cultura hegemónica la que trata de desorganizar y reorganizar constantemente la cultura popular y, es a través de la música entre otros, que hace el intento. En las manifestaciones musicales como son el rock y la cumbia villera se puede ver un posicionamiento ante la sociedad.
En el caso del rock nacional, se pueden ver reflejados los sucesos ocurridos en Argentina desde el año 1965 hasta la actualidad. En este sentido, ha mantenido desde un principio una especial sensibilidad para mostrar los avatares sociales de este país, tan cambiante y tan al borde -en muchas ocasiones- del caos. Tanto como universo simbólico y como expresión artística, el rock ha nacido en la ciudad y, su lenguaje y sus símbolos, sólo tienen sentido dentro de ella. Sus escenarios siempre serán las ciudades, generalmente las más populosas, y los epicentros de la actividad rockera han sido siempre Buenos Aires y, en menor medida, Rosario, Córdoba, Mendoza y Mar del Plata.
El rock argentino nació como una alternativa para minorías, cuando la idea de música joven sólo se asociaba a las canciones de Palito Ortega. Una década después, en los años ‘70 ya se había aposentado y convertido en un movimiento increíblemente creativo. Su fuerza fue tal, que no sólo hizo que todas las músicas de los más diversos orígenes convergieran en el rock sino también, que se convirtieran en una vía de escape donde, en tiempos de gobiernos anticonstitucionales, mucha gente encontró un espacio de la libertad que los dictadores de turno quisieron controlar. En los años ‘80, junto al regreso del sistema democrático, se convirtió en un movimiento de masas y, a finales de la década, acabó por convertirse en una industria. La amplitud conceptual que caracterizó la década de los años ‘90 posibilitó que convivieran en él diversas propuestas elitistas.
A lo largo de esta historia no sólo se han escrito canciones, sino signos ideológicos contra-hegemónicos de múltiples sistemas significativos y expresivos que se deslizan en un escenario complejo como es la Cuestión Social.
Definida según Marilda Iamamoto, como: “el conjunto de las expresiones de las desigualdades de la sociedad capitalista madura, que tiene una raíz común la producción es cada vez más colectiva, el trabajo se torna cada vez más social, mientras que la apropiación de sus frutos se mantiene privada, monopolizada por una parte de la sociedad” .
De este modo, se comprende que la cuestión social hace referencia a los fenómenos de exclusión, desempleo, pobreza, desigualdad social, etc. como las constantes de nuestro días; sin embargo, todo tiene una historia, un pasado que en nuestro país especialmente se agudiza hacia fines de la década de los ´70.
Se origina un período que incorpora a su universo gran parte de la clase media, que vio descender vertiginosamente sus posibilidades de consumo y su nivel de vida. El golpe de Estado de 1976 y el genocidio subsiguiente significaron un profundo cambio en la estructura social argentina. Las transformaciones en el mercado de trabajo, el rol del Estado, más el drástico aumento de la deuda externa, fueron factores que se tradujeron en un crecimiento de la desigualdad distributiva de los ingresos y un deterioro en las condiciones de vida de la mayor parte de la población. “En 1976 comenzó la destrucción del Estado que fue progresivamente despojado de los instrumentos de que se valen sus pares del resto del mundo para intervenir en los procesos económicos.” (Beremblum, 2001).
En 1980 la deuda externa se convirtió en causa autónoma de su propio crecimiento y la imposibilidad de cancelarla obligó a refinanciarla y capitalizar una parte; mientras que los desequilibrios externos y fiscales, amplificados por crisis internacionales, se agravaron aceleradamente.
Desde el inicio de la década del ‘90 se redefinen las funciones del Estado estructurando un conjunto de políticas económicas que tenían como objetivo explícito “modernizar la economía”, insertando al país en un mundo globalizado.
Argentina, hoy ocupa el puesto 36 en el índice de desarrollo humano(1). Gran parte del empobrecimiento sufrido por vastos sectores de la sociedad Argentina se explica por el profundo proceso de transformación y la reducción del poder adquisitivo de los salarios que ha sufrido la clase obrera. La pobreza afecta a más de la mitad de la población del país (53%), de los cuales 16.000 encontraron en el “cirujeo” una manera de salir adelante. En la Argentina, ha adquirido una profundidad y magnitud que resulta inaceptable, vislumbrando relaciones en tensión continua, que determinan formaciones de estructuras dominantes y subordinadas.
Stuart Hall (1984) examina el proceso mediante el cual se articulan esas relaciones y citando a Volosinov explicita que el signo muchas veces no es coincidente con la clase que lo usa, es decir, el lenguaje es el único para la totalidad de las clases y es en ella que cobra el sentido ideológico, un ejemplo se tiene en el uso de palabras, que para algunos serán indebidas y para otros un elogio, es entonces, el sentido con que se dicen y quien las dice lo que vale. Por lo tanto, siguiendo a este autor “el signo se convierte en ruedo de la lucha de clases”. A través del signo, se ve esa tensión antes mencionada y tiene su centro en la relación que se da entre cultura y cuestiones de hegemonía.
Ejemplo son los grupos rockeros y cumbieros que toman la insatisfacción, el desánimo, la impotencia de las personas convirtiéndolas en una forma de rechazo al sistema.
A través de sus canciones, los sectores populares se identifican y se sienten representados. Cada palabra que se usa tiene una historia, incluye pujas y conflictos, ella como signo ideológico refleja la realidad que dio origen al signo y refracta la misma en forma heterogénea, reconoce clases sociales e instituciones diferentes que, juntamente con los signos, van a ejercer su sentido a las cosas.
La actividad juvenil comienza a altas horas de la noche, se ven verdaderas migraciones nocturnas vinculadas a complejas búsquedas, una de ella es apropiarse de un espacio. La ciudad es de los jóvenes mientras los adultos duermen, ella es resignificada. Aparece un encuentro con un extraño, con otro, nace la comunicación y ella es cultura, concibiendo ésta como el conjunto interrelacionado de códigos de significación, históricamente constituidos, compartidos por un grupo social que hace posible la identificación, la comunicación y la interacción. (Margulis, 1994:9-29).
Sin embargo, la realidad no es para todos igual. Depende en gran medida de los signos con que se la apresa y se la comunica, es decir, depende de códigos; cada idioma esconde una teoría de la realidad, convoca sensibilidades intraducibles y experiencias no coincidentes.
Los jóvenes de hoy viven en una época en que predomina la imagen mientras que, en épocas anteriores, era el intelecto y mucho antes el espíritu. Surge una distancia abrupta, ellos buscan en la noche mayor privacidad, sienten una ilusión liberadora, necesitan de un tiempo y un espacio propio donde fluyen características de lo festivo como la libertad, la burla, el insulto, la rebelión, la subversión de los poderes, etc., alejarse del mundo de los adultos.
Sin embargo ellos pasan a ser receptores, consumidores, dentro de un género que les ofrece alguna posibilidad de elección pero que, en definitiva, siempre aceptan reglas que no han creado, rígidas formas de exclusión o admisión, códigos a los que hay que someterse, mimetizarse, para ser elegible, tener éxito, ser miembro. No dejan de estar presente en este mundo fabricado por los jóvenes, las formas de dominación y de legitimación vigentes en la sociedad de las cuales ellos buscan huir.
Aún el rock, que explícitamente se manifiesta en forma transgresora, y que expresa (en letras de canciones, en la ropa, el lenguaje y en las formas culturales que erige) una vocación de oposición a los poderes, es una buena parte corrompido por la mercantilización, por el star system, la industria discográfica y los múltiples mecanismos que, al transformar la cultura en mercancía, la empobrecen y deforman sus significaciones, constituyéndose la misma en etnocéntrica, clasista y hasta racista.
La exclusión se convierte en mercancía y constituye un elemento central en la constitución del valor de cambio de muchos locales de la noche, se genera entonces un efecto de aculturación en donde se reconoce y aprecia la afiliación conforme a la apariencia, lenguaje, vestimenta, modales, etc. Por lo tanto se tiende a reproducir, a develar y aún a exacerbar los sistemas de dominación, las formas de diferenciación y, se puede arriesgar, que son más brutales los códigos de exclusión social. Tomando este término como la imposibilidad de dejar de comunicarse, directa o imaginariamente, siendo en el discurso popular contemporáneo la experiencia desdichada de la atomización, la desintegración y la erosión de los vínculos primordiales que el proceso modernizador y el modo de vida urbano han acarreado(2).
Es allí donde se pone en jaque la personalidad, con todas sus deficiencias, temores, ambiciones, alienación, etc. Entonces es el tóxico un sutil pero atrapante método para equilibrar la balanza o, por lo menos, así es presentado por el narcotráfico quien no depara en las fatales consecuencias
Cuando se escucha a un adicto hablar de sí mismo se está frente a un sujeto que constituye su ser bajo la denominación “soy adicto”, no hay otra categoría posible, toda su persona es eso.
La palabra ser no se deriva en castellano (ni tampoco en portugués) del latín “esse” sino de “sedere” (3), indicando permanencia, es decir, el ser es algo permanente, implica lo definitivo o habitual, apuntando a lo esencial.
El “soy adicto” está significando soy eso y no otra cosa, sin ser eso no soy nada. Este juego de palabra nos remite a pensar la importancia que tiene la droga, que pasa de ser un simple objeto para constituirse en el ser por excelencia.
Existe en él una idea de un “no lugar”, entendiendo esto como un espacio que no puede definirse como espacio de identidad, ni como relacional, ni como “histórico”. Es por ello que, a través del tóxico, tratan de generar un lugar, su lugar, ese espacio cargado de sentido, con afectos y memorias. Buscan un ámbito para la fantasía, la ilusión, el distanciamiento de lo cotidiano, la diversión y el ensueño.
Los jóvenes se identifican con la noche, hablar de ella es hablar del tiempo, de la construcción social, de su procesamiento y dentro de la gran variedad de ofertas para la diversión juvenil se encuentra el género cultural del rock, ya que éste trasciende lo meramente musical, es el más politizado, rebelde y trasgresor, es un fenómeno social, es una postura ante la sociedad. Definido en forma más o menos “como un intento de subversión del orden establecido, como un método de integración social de la juventud o simplemente como un género musical más” (Margulis, 1994).
Si se observa la historia de la droga y la del rock se ven puntos de coincidencia. Se originan por los años ‘60, hay una tendencia a una sexualidad un poco más libre, el uso de bienes de consumo acompañados por un crecimiento del desarrollismo, están en pleno auge las religiones orientales y el slogan del momento es “Paz y Amor”. Es allí donde nace la relación directa de las drogas y el rock.
Otro punto de cruce son los años de la dictadura militar. Comienza la acción represiva contra esta manifestación cultural, que aparecía a ojos de los militares como génesis de subversión. Prueba de ello es un discurso del almirante Massera en la Universidad del Salvador en noviembre de 1977, en el que resulta claro el resumen de tres categorías en una igualdad: JOVEN = ROCKERO = SOSPECHOSO.
Asimismo, en otras latitudes durante este período aparece otro movimiento “los punk” que proponen un individualismo furioso y acompaña el surgimiento del neoliberalismo de Thatcher y Reagan, llegando unos años después a nuestro país. En este movimiento es típico el repudio a todas las canciones de grupo y el uso de droga se asocia a las consignas proclamadas que son: “las de no futuro” y de negación de los sentimientos, con una fuerte exaltación del odio por todo lo que sea “paz y amor”. No es casual que este movimiento rockero tuviera su auge en el momento histórico en que en la mayoría de los países latinoamericanos padecieran gobiernos militares.
Durante la década de los ‘80 el rock no escapa a la mimetización con el sistema capitalista, se constituye en un “world music”, un eclecticismo universal, ingresando en la globalización. Un código y un mensaje único, y la misma percepción en todo el planeta, se constituye en el fenómeno de comunicación internacional global por excelencia. Así como el rock, las drogas de estos tiempos se globalizan, se comparten jeringas, no hay cuidado por prácticas sexuales; el SIDA cobra más territorio (Di Pietro, 2000).
Frecuentemente se hace una lectura del fenómeno rock-droga errónea, ocultando otros problemas mucho más angustiantes e importantes tales como, la mortalidad infantil, el analfabetismo, la desocupación, la corrupción, etc. Para tal fin se crean estereotipos, éstos son muy útiles desde el punto de vista del control social informal.
En conclusión, la lucha cultural una vez más está presente y lo que importa no son los objetos intrínsecos o fijados históricamente de la cultura, sino el juego de las relaciones culturales que se desarrollen. Juego que pone en relieve las formas que adopta esa lucha cultural entre ellas, las de resistencia, tergiversación, negociación y recuperación, entre otras.
Por lo tanto hablar de drogas es algo complejo y muchas veces, cegados en nuestro limitado intento por creernos dueños de la verdad no percibimos la totalidad de los hechos.
Notas:
1. .Índice de Desarrollo Humano, 1998. http://www.margen.org/noticias/noticias4.html.
2. Según Wilden, A. citado en: Abril, 1997.
3. Corominas, J.: Diccionario Crítico etimológico de la lengua castellana. Madrid. 1954 (T II, pág. 420 y T IV, pág. 194s).
Bibliografía

ABRIL, Gonzalo. Teoría general de la información. Madrid, Ed. Cátedra, 1997.
ESCOHOTADO, Antonio. Aprendiendo de las drogas: uso y abuso, prejuicios y desafíos. Barcelona, Ed. Anagrama, 1998.
FOUCAULT, Michael. Vigilar y Castigar. México, Ed. La Piqueta, 1980.
FREUD, Sigmund. El malestar en la cultura. Obras completas. Buenos Aires, Ed. Amorrortu, 1979.
LORENZO, et-al. Drogadependencia. Buenos Aires, Ed. Médica Panamericana, 1998.
SAMUEL, Raphael. Historia popular y teoría socialista. Barcelona, Crítica, 1984.
SAS, Thomas. Nuestro derecho a las drogas. Barcelona, Ed. Anagrama, 1997.