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“Aproximándonos a la visibilización del proyecto ético-político en las prácticas profesionales de las/los profesionales del Trabajo Social en la Provincia de Misiones”

Laura de Perini, Norma Berger, Rosana Benítez, Carlos LópezDescargar PDF

Resumen.
El presente trabajo constituye una primera aproximación sobre cómo nos proponemos visibilizar el proyecto ético político en el quehacer de los profesionales del Trabajo Social en la Provincia de Misiones, en el marco de un proceso de investigacióni.
Desde el año 1999 el Proyecto Ético-Político en el Trabajo Social ha sido un tema recurrente en los distintos encuentros del colectivo profesional y, los resultados de los debates y reflexiones fueron tenidas en cuenta para incorporar como eje transversal en la formación de los profesionales. Particularmente, se expresa en el conjunto de bibliografías de referencia en los distintos programas de las asignaturas y como tema de abordaje en distintas instancias del trayecto académico en la Carrera de Trabajo Social de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNaM.
Aunque no siempre es nombrado, “lo ético-político” es la esencia del quehacer del profesional del Trabajo Social, así surgen los primeros interrogantes que orientan la investigación ¿Cuáles son los principios que guían las prácticas profesionales? ¿Cómo se expresan estos principios y valores en la actuación profesional?

Encuadre de la búsqueda.
Las prácticas del profesional del Trabajo Social, identificadas ya sea como intervención o actuación profesionalii, definen un tipo de práctica profesional particular orientada a modificar o transformar una realidad basada en los conocimientos construidos sobre un hecho o situación social y, es el resultado de un recorrido socio histórico contextual.

Esta práctica particular expresa el diálogo permanente entre dos acciones específicas; la investigación como producción de conocimiento sobre su objeto de estudio y, la intervención como acción transformadoraiii. Ambas se articulan y retroalimentan posibilitando que en la actuación profesional se pongan en juego cuestiones epistemológicas, teóricas, metodológicas y operativas además de ético-políticas es decir, un modo particular de abordar las diversas manifestaciones de la cuestión social que definen su especificidad en el campo de las disciplinas de las ciencias sociales.

Consideramos que la actuación profesional del Trabajador Social debe ser entendida como una construcción de sentidos y significaciones, porque no solo debe dar cuenta de la presencia de distintas dimensiones que la constituye como disciplina sino también, de un posicionamiento ideológico que atraviesa y configura “el hacer” y a la vez, permite transitar el camino de reconocimiento, interpretación y direccionalidad de la acción.

Las prácticas profesionales están atravesadas por diferentes dimensiones contextuales históricas, sociales, políticas, económicas, institucionales, etc. pero las mismas no pueden ni deben determinar o condicionar la producción de los servicios sociales institucionales.
Por ello, nos ocupa y preocupa, reconocer en el quehacer cotidiano ¿cómo se materializa el Proyecto Ético Político en el quehacer cotidiano de los Trabajadores Sociales? y, ¿cuál es el sentido que adquiere la actuación profesional en un contexto definido, discursivamente, de políticas públicas de “inclusión social?

Entonces, si la lógica de la intervención se centra en modificar, transformar, cambiar, etc. buscamos reconocer cómo se visibilizan los valores que sustentan el proyecto ético-político, en este sentido la investigación circunscribimos al análisis del presente como práctica profesional, en un contexto particular y, si bien consideramos que “lo ético” como fundante de la acción profesional estuvo siempre presente hoy, no hay dudas que el mismo se encuentra enmarcado en los derechos humanos.

Atento a lo expuesto precedentemente, nos proponemos a través de la investigación, identificar, describir y analizar la actuación profesional del Trabajador Social en la Provincia de Misiones con el propósito de interpelar (nos) acerca de cómo se diseñan estrategias de intervención, cuáles son los argumentos que fundamentan el quehacer, cuáles son las contradicciones presentes, cómo piensa y se piensa el profesional en el marco del proyecto ético-político y de políticas sociales inclusivas vigentes.

Para poder transitar esta búsqueda partimos de las siguientes premisas:
Primero, desde el 2000iv, los programas de las asignaturas denominadas “troncales”, “metodológicas” o de formación académica de los Trabajadores Sociales han incorporado autores como Nora Aquin, Margarita Rozas, Yolanda Guerra, Alejandra Pastorini, Susana Cazzaniga, Teresa Matus Sepúlveda, Susana Malacalza, Graciela Tononv, entre otros que son referentes académicos que en distintas producciones abordan y discuten la centralidad de lo “ético-político” en el Trabajo Social;

Segundo, desde el 2003 las políticas públicas y, en particular la política social como proyecto políticovi propone un redireccionamiento de la acción del Estado orientando las acciones a procesos de inclusión social, teniendo como centralidad los derechos sociales y la generación de rupturas con el modelo asistencialista, focalizado; hecho que nos invita a pensar en un escenario donde es posible la consolidación del proyecto ético- político; y

Tercero, y en relación con el punto anterior, la investigación desarrollada en el 2010vii ha determinado que el 95% de los puestos de trabajos de los profesionales están en el ámbito del Estado en distintos niveles, municipal, provincial y nacional.

Sobre estas premisas, nos planteamos la presunción de un contexto inédito, propicio para indagar, conocer y analizar las prácticas profesionales dado que, el campo de la ejecución de la política social vigente y las prácticas profesionales de los Trabajadores Sociales estarían convergiendo en un espacio común o de intersección donde, por primera vez, se produciría una coincidencia de objetivos (profesionales e institucionales) “trabajar en procesos crecientes de ciudadanización”.
La investigación -en proceso- se plantea reconocer cuáles y cómo son las prácticas profesionales del Trabajo Social en este nuevo escenario y recorta el análisis en los profesionales egresados 2003-2010 de la carrera de grado de la Licenciatura en Trabajo Social de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, UNaM.

¿De qué hablamos cuando decimos prácticas profesionales?
Desde el surgimiento, con el compromiso filantrópico pasando por el asistencialismo, la formación técnicaviii, el Trabajo Social siempre estuvo marcado por el hacer, las técnicas utilizadas jugaron un rol fundamental porque permitieron una actuación profesional “objetiva, a-valorativa y de control”ix y los productos obtenidos (conocimientos) nunca tuvieron validez por no responder a prácticas científicas aprobadasx.

El Trabajo Social como toda profesión se encuentra atravesado por un conjunto de condicionantes internas y externas a su campo y, fundamentalmente, es el resultado de una construcción socio-histórica y con tal, marcada por ambigüedades y contradicciones.
El surgimiento como profesión se ubica en la modernidad tardíaxiy tiene presencia en la medida en que las condiciones contextuales da sentido a su existencia es decir, a partir de la intervención del Estado en la organización racional de la sociedad y con acciones orientadas a minimizar las contrariedades en la relación Estado- Sociedad.

Así, se va consolidando en el ámbito de las instituciones del Estado y, a partir de que éste inicia el diseño de modalidades de intervención en “los problemas sociales” (en búsqueda de la minimización de los efectos generados por el capitalismo) fue requiriendo de profesiones capacitadas para llevar adelante acciones y entre ellos, se encuentra el Trabajo Social. Paulatinamente fue acumulando puestos de trabajo en el ámbito estatal y convirtiéndose en lo que Bourdieu (1999) denomina “la mano izquierda del Estado”.

Por lo tanto, estamos ante una profesión cuya construcción socio histórica esta atravesada por las condicionantes del modelo capitalista, las tensiones y contradicciones permanentes, por lo que no podemos hablar de que hay “un” Trabajo Social como tampoco existe “una” práctica profesional sino que conviven múltiples expresiones de un quehacer particular que se desencadena ante particularidades de una realidad también diversa y cambiante.

Para analizar el quehacer del Trabajo social se requiere de una mirada abarcativa del contexto en que realizan las prácticas, el escenario donde se expresan las distintas dimensiones sociales, económicas, políticas, institucionales, etc. y el conjunto de actores, para poder aprehender y comprender desde que lugar se proyecta la acción además incluyendo el cómo y para qué de la acción.

Estamos haciendo referencia a la complejidad para la comprensión de un quehacer dado que se entrelazan distintas dimensiones que configuran un proceso, otorgar una intencionalidad y genera la participación de diferentes actores pero fundamentalmente, la direccionalidad de la acción que expresa la búsqueda de un nuevo ordenamiento de las relaciones sociales, mayor democratización de las interrelaciones, tendencia a lograr niveles de igualdad, desencadenar procesos crecientes de ciudadanía como expresa Nora Aquin (2003)

Saúl Karsz (2007) sostiene que en la tarea de dilucidar qué es el trabajo social, en tanto práctica profesional, el quehacer no se agota en el cómo sino que ese cómo se encuentra atravesado por construcciones teóricas fundamentales que orientan la acción, surgiendo así un entramado de interrogantes necesarios y complementarios que explican la cuestión estratégica del hacer y son: el porqué de la acción y para quien. Por lo tanto, cuando hablamos del Trabajo Social como profesión debemos necesariamente hablar de la construcción sociohistórica, que surge a partir de una demanda social que requiere de una intervención especializadaxii.

La Federación Argentina de Unidades Académicas de Trabajo Social (FAUATS) expresa en un documento “[…] El Trabajo Social no puede ser comprendido al margen de las relaciones económicas, sociales y culturales que se articulan en la sociedad capitalista” (1998:1) es decir, la profesión está situada en el proceso de reproducción de las relaciones sociales capitalista, enfrentando las contradicciones que provoca el modelo, que legitiman o deslegitiman las prácticas profesionales.

El “actuar” lleva implícito la libertad de acción, la libertad de decidir “qué hacer y cómo hacer”; asimismo debe quedar claro, que en el contexto institucional (organizaciones del Estado) donde se desarrollan las prácticas profesionales y dónde se expresa el proyecto político vigente, condiciona el hacer en la medida que puede posibilitar o generar restricciones, limitaciones u obstáculos.
“El qué y el cómo” está vinculado a la ética y el “hacer” a la política y el “por qué y para qué” circunscrito al ámbito de la especificidad profesional, es lo que Crossetto (1999) denomina los condicionantes internos al campo del Trabajo Socialxiii.

En las prácticas profesionales deben articularse la teoría social y la realidad de manera dialogante para poder estudiar, leer e interpretar no solo las transformaciones socioeconómicas sino también, aquello elementos constitutivos de su campo:
los sujetos sociales como sujetos socio históricos, en el marco de la producción y reproducción de las contradicciones de la compleja manifestación de la cuestión social y, como portadores de demandas concretas;
el objeto de la intervención que, generalmente, se sintetiza en las denominadas “necesidades” y que expresan procesos históricos de carencias y de ausencia de derechos;
las instituciones estatales y sus agentes que intervienen en el marco de una política social específica, que responde a un proyecto político vigente y que revela una manera determinada que tiene el Estado de pensar, construir y determinar cómo intervenirxiv.
Los procesos de inclusión y exclusión en el mercado laboral en relación a las condiciones contractuales que operan en el ingreso y que posibilitan la permanencia de los profesionales en sus puestos de trabajo.

En conclusión, las prácticas profesionales de las/os trabajadoras/es sociales -más allá de las condicionantes epistemológicas, teóricas, metodológicas y operativas- se encuentran atravesadas por innumerables condicionantes por lo que es necesario comprender la profesión y al profesional en un espacio de permanente tensión y contradicciónxv.

El Proyecto Ético Político en el Trabajo Social.
Una de las particularidades de los Trabajadores Sociales es la enfrentar las transformaciones sociales, problematizando su objetivo y función, determinando así discusiones, revisiones y rupturas sobre las prácticas profesionales a-históricas y a-políticasxvi.
Es así, que las últimas discusiones no solo giran en torno a una intervención profesional fundada y crítica sino también se propone retomar un histórico tema central del campo que es la ética profesional vinculada a la dimensión política.

Heler (2010) en sus ponencias hace alusión a la centralidad del tema en el Trabajo Social, buscando poner en tensión el resurgimiento del debate a partir de los valores presentes en la sociedad como consecuencia de los estragos provocados por el neoliberalismo, la desigualdad creciente, la naturalización de las fragmentaciones sociales, el individualismo, las asimetrías, etc. y sobre todo teniendo presente las variadas modalidades de acción del modelo capitalista hegemónico para mantener el orden vigente.

Ese orden que “no debe alterarse”, reflexiona Heler (haciendo referencia al sentido del modelo capitalista moderno) y que también involucra a las/os Trabajadoras/es Sociales, porque la profesión responde a mandatos estatales: su título es habilitado por el Estado; es el Estado, por lo general, el que emplea y contrata a trabajadores sociales; así como el ejercicio profesional se específica en el diseño de las políticas sociales que se les encarga implementar en relación directa con los destinatarios de tales políticas.

Sin embargo hoy, nuestra realidad en el sentido de hacia donde se orienta la actuación profesional, el éxito de la intervención radica en “trabajar” para hacer visibles la exclusión, las desigualdades, las opresiones y audible las voces de los invisibilizados entonces, la dimensión ético-política abre la posibilidad de la puesta en cuestión de la dominación social –tanto en sus aspectos subjetivos (moral) como objetivos (policial) (Heler, 2010: 13)

En tal sentido, coincidimos con Susana Cazzaniga (2006) cuando señala que lo ético-político no se trata de un tópico nuevo en el campo disciplinar y, el hecho de que no se exprese de manera continua, de ninguna manera implica que no esté presente. Sino que constituye un tema que requiere de una permanente discusión-reflexión a fin de que no se produzca como dice Cazzaniga “quedar entrampados en repeticiones cristalizadas”xvii.

También Nora Aquin (1999) explica que el Trabajo Social en tanto práctica social específica es al mismo tiempo una práctica distributiva y una práctica cultural. Una práctica distributiva, en el sentido de distribución de valores de uso entre individuos, grupos e instancias sociales, cuyo objetivo es lograr una distribución deseada. Y, una práctica cultural, entendida como constelación de símbolos y formas culturales sobre las que se forman las líneas de solidaridad y fragmentación entre grupos, y su propósito es la transformación o la reproducción de estas herramientas del discurso (1999:14).

Aquin también nos recuerda que los sujetos sociales hablan, en el sentido de que asignan un sentido a su práctica, a su acción, y estos sentidos son diferentes, porque se construyen en un horizonte histórico, cultural y conceptual particular. Si ignoramos al otro, no hay posibilidad de palabra ni de razón. De ahí que el reconocimiento del otro exige que nuestra propia razón reflexione sobre las formas asumidas, en medio de la tensión entre el ser y el deber ser. (2003:109)

En estos desafíos – señalados por Cazzaniga y Aquin- está contenido el denominado “proyecto ético-político profesional” que expresa una construcción del colectivo acerca del compromiso de los profesionales con los sectores excluidos, respondiendo al para qué y porqué que dan sentido y significación a sus prácticas profesionales.
Por lo tanto, las estrategias de intervención deben ser pensadas con fundamentos científicos para dilucidar, evidenciar y demostrar las contradicciones del modelo pero, fundamentalmente, reconociendo y fortaleciendo las individualidades (en el sentido de respeto a la autonomíaxviii), identificando y reproduciendo con fidelidad las voces silenciadas.
Así cuando nos referimos a lo ético-político de la intervención estamos aludiendo a un proceso de construcción entre diferentes agentes y actores sociales en la búsqueda de hacer visibles la exclusión, las desigualdades, las opresiones y audible las voces de los invisibilizados.

Debe quedar claro que al hablar del proyecto ético-político estamos haciendo mención a la orientación de la acción profesional, que explicita el reconocimiento del pluralismo, el reconocimiento de las voces de las minorías en articulación con la voces de la mayoría, reemplaza el “consenso” por la articulación de intereses, identifica y fortalece los capitales sociales en la construcción de acciones colectivas, reemplaza el sujeto portador de necesidades por sujeto de derecho, etc. un proyecto fundado en principios y valores como la libertad, democracia, ciudadanía, justicia, etc.

Podemos decir, que en el marco de la construcción colectiva del proyecto ético-político se constituye en una herramienta guía de la intervención profesional que orienta a revisar los marcos teóricos -epistemológicos desde el cual se plantea actuar pero también implica una reflexión ética sobre nuestras prácticas profesionales (que deben estar guiadas por el respeto al otro, el reconocimiento de un sujeto heterogéneo, con identidad, derechos, con capacidades y también limitaciones) y enfrentar desde la condición de profesional-asalariado, las prácticas instrumentales, burocráticas y normativas.

Pero, antes de concluir acerca de esta dimensión (ético-política) es necesario señalar que solo es posiblexix discutir y acordar en la medida en que ésta se vincule de manera intrínseca con la dimensión ideológica pero, lo ético-político de ninguna manera reemplaza a lo ideológicoxx.
La lectura, comprensión, interpretación y designación de los hechos sociales debe darse desde un lugar particular (ideológico) y ese encuadre es el que permite direccionar nuestras intervenciones pero tampoco debe confundirse ideología con teoría.

Esta trilogía (ético-político –ideológico) articulado a la teoría social, debe materializarse en la intervención profesional y, en particular, en la intervención de las/os profesionales del Trabajo Social para otorgar visibilidad a las contradicciones del modelo, promover procesos de ciudadanización, generar relaciones democráticas en oposición a prácticas profesionales que continúan en la reproducción de tutelajes, reimprimiendo prácticas de control social para mantener naturalizada las asimetrías.

En busca de cómo lograr visibilizar el proyecto ético-político en las prácticas profesionales de los Trabajadores Sociales.
Como señaláramos anteriormente, el Trabajo Social en la dimensión ético-política tiene una articulación estrecha con la promoción de procesos crecientes de ciudadanización; ahora bien, ¿Cómo podemos visualizar en la acción esta estrategia de intervención? ¿Cuáles son los indicadores que nos permiten visibilizar esta reorientación de las prácticas profesionales?
Y es aquí donde nos posicionamos en las construcciones discursivas de las/os Trabajadoras/es Sociales como expresión de modos de pensar y actuar.

Partimos de la premisa que la formación profesional como proceso educativo articula un curriculum (epistemológico, teórico, metodológico e instrumental que se expresa en un perfil) y un lenguaje particular o competencias comunicativas- discursivas que expresa un proceso de construcción de sentidos y de significados sociales.

Consideramos relevante abordar el discurso desde la propuesta de Bajtin (1992) quien considera que el análisis del discurso tiene una importancia más allá de las ciencias del lenguaje, en cuanto por definición remite (el discurso) a la vida humana en toda su extensión, y de esta manera se hace relevante para la investigación del conjunto de las disciplinas humanistas.
Así, en los distintos ámbitos socio-profesionales se generan formas de interacción discursiva que se construyen desde distintos niveles como en las prácticas propias de las profesiones que legitiman del rol socio-profesional.

Plantea Bajtin (1992) que el “yo” es esencialmente social, cada individuo se constituye como un colectivo de numerosos “yoes” que ha asimilado a lo largo de su vida, algunos de los cuales provienen del pasado; estos “yoes” se encuentran en los lenguajes, las “voces” habladas por otros y que pertenecen a fuentes distintas pero, estas “voces” no son sólo palabras sino un conjunto interrelacionado de creencias y normas denominado “ideología. El autor al hablar de polifonía hace referencia al conjunto de las “voces”; no al sentido lingüístico que ofrece una perspectiva monológica y abstracta sino a las relaciones lógicas que son necesarias para las relaciones dialógicas, que es el discurso de dos voces, así como las relaciones de significación objetiva como los enunciados y las posiciones de los diferentes sujetos.

En el mismo sentido, Matus Sepúlveda (2002) señala que al explorar las relaciones entre discursos y prácticas sociales se puede observar un nexo, que no se trata únicamente de una manera nombrar sino que involucra también a modos de construir la realidad; sostiene, que el Trabajo Social no opera con objetos tangibles sino con el discurso como tangibilidad de ahí la importancia de adentrarse en las formas de nombrar, de interpretar una realidad (2002:86). El rol que asigna al Trabajo Social es la función mediador, dejando escuchar las múltiples voces.
Para Matus Sepúlveda, los discursos marcan formas de experimentación, el modo de referencia desde el cual los otros son referidos, el modo de nombrar al otro; esto significa, para Trabajo Social, el proceso para develar esos lenguajes desgarrados que tienen, para éste, encarnaciones concretas y nombres propios.(2002:67).
El discurso no sólo opera como un nexo relevante para la lectura y análisis de la realidad a través de las múltiples voces sino que la función del discurso en las/los Trabajadoras/es Sociales es la construcción argumentativa para nombrar, designar, expresar un hacer, darle un sentido a la acción, etc.

Sin profundizar en lo esencialmente lingüístico, nos proponemos reconocer en el discurso el modo de enunciación que nos permitirá captar y realizar la comprensión de los enunciados. Es decir, analizar desde el lenguaje utilizado cómo se nombra, implica desentrañar sentidos y significaciones acerca de los modos de argumentar la intervención.xxi
No buscamos “reconocer categorías absolutas” o “etiquetamientos” como señala Bourdieuxxii (2008) sino que a través del lenguaje socio profesional nos orientaremos a dilucidar la apropiación de cambios para denominar a los sujetos involucrados y la orientación o sentido de la acción. Estamos haciendo referencia a los capitales puestos en juego y como a cada campo le corresponde un capital específico y es aquel que se produce solo en ese campo y no en otro.

Para la concreción de este objetivo nos hemos planteado revisar un conjunto de dimensiones posibles que nos permita reconstruir cómo se expresa -en la cotidianidad- la intervención, cómo se manifiesta la orientación de las prácticas profesionales; cómo se evidencian las actuaciones orientadas a procesos crecientes de apropiación de los derechos sociales; etc.

Como señala Crossetto la intervención se inicia a partir de una demanda, la que puede ser directa o indirecta, explícita o implícita, de sujetos (individuales o colectivos) situados en un tiempo y espacio, atravesados por condicionantes históricas, sociales, económicas y culturales.
De la lecturaxxiii que se realice de la situación permitirá definir el objeto de intervención y reconocer los obstáculos para acceder a recursos y/o satisfactores de las necesidades individuales, familiares y/o colectivas. (Crossetto, 1998:10); es aquí donde se refleja la relación profunda entre la teoría y los hechos de la realidad dado que permite la apropiación de un lenguaje para designar, para reconocer y explicar.
Al respecto Bajtin (1992) sostiene que la composición y estilo del enunciado dependen de cómo el hablante se imagina al destinatario, de la concepción que sobre él tenga en mente y, al construir un enunciado el hablante, de alguna manera, prevé la contestación, si posee conocimiento sobre el asunto, sobre la esfera cultural, prejuicios, opiniones, simpatía, antipatía, que determinan la selección de los recursos lingüísticos, del género y el estilo: el hablante prefigura al destinatario y su reacción de respuesta.
La interacción lingüística permite develar el sentido y el significado de una actuación profesional, refleja en el otro cómo es visto (¿sujeto de derechos? ¿Sujetos asistidos? ¿Beneficiarios?) Pero a la vez esta otorgando un sentido a la intervención.

El escenario de articulación e intersección entre los objetivos de la política social y las prácticas profesionales de las/los Trabajadores Sociales.
Particularmente las políticas sociales, si bien existe una complejidad y dificultad para precisar conceptualmentexxiv, deben constituirse en la herramienta generadora de integración social y de fortalecimiento de los lazos sociales.
Como explica Andrenacci deben ser universalistas […] deben contribuir a la consolidación de imaginarios de igualdad y solidaridad ciudadana entre sectores y territorios, contribuyendo a consolidar la legitimidad del Estado como árbitro de intereses. Sin esos imaginarios, cualquier política es socialmente inestable […] (2008:16)

Pero, no podemos dejar de mencionar que una cara visible de la política social operacionalizada articulada con las demandas reconocidas constituye en sí mismo una manera de reducir toda acción a la díada problema- acción, un reduccionismo que ha estado presente en distintos momentos socios históricos y particularmente profundizados y enraizados en la década de los 90.
Para Franco “La política social tradicional consiste en los programas que realiza el Estado, el que asimismo lleva a cabo la totalidad de las funciones: actúa como financiador, diseñador, implementador, supervisor y, esporádicamente, evaluador. Vale decir, que todas las funciones están unificadas en un mismo sujeto. (1996:8)
Por ello, las políticas públicas y, en especial, la política social pueden orientarse a profundizar los procesos de desigualdad así, como también, puede plantearse para provocar cambios.
Cuando se considera a la exclusión como procesos individuales o culturales se plantean respuestas del tipo paternalista, asistenciales y paliativas y es ahí donde se instala y cristaliza la de asistencia social.

Retomando Andrenacci (2008), hay política socialxxv allí donde esté en juego la forma en que las sociedades intentan resolver o garantizar, el enigma de su propia integración, son intervenciones en ámbitos del empleo, la educación, la salud, los sistemas de seguridad social, los servicios públicos y la asistencia social (no asistencialismo). En otras palabras, un conjunto de intervenciones, no necesariamente “asistencialista”, en las problemáticas que afectan a la población y se constituye además en un instrumento de construcción de ciudadanía.

El conjunto de políticas públicas constituyen en sí misma formas legitimadoras de un modelo y a través de distintos mecanismos operativos (programas, proyectos, etc.) brinda respuestas a distintas problemáticas de la cuestión social a partir de cómo concibe su configuraciónxxvi y, como piensa y entiende a los involucrados en estos procesos es decir, como un colectivo subordinado a los procesos de desigualdad o como sujetos heterogéneos como múltiples estrategias en la búsqueda de resolución de la exclusión.

Si bien no es nuestro objetivo interpelar la construcción de ciudadanía en el campo de las ciencias sociales no podemos dejar de nombrar la tensión entre ciudadanía universalxxviiy ciudadanía restringida; ciudadanía universal y ciudadanía diferenciada desde los aportes de Young (1996), principalmente al argumentar que la universalidad de la ciudadanía, en el sentido de la inclusión y la participación de todo el mundo, están muy lejos de implicarse mutuamente; por el contrario sostiene la autora, están en mutua tensión y por diversas razonesxxviii.

Es decir, sin poner en cuestión esta tensión nos limitaremos a presentar las condiciones que configuraron el escenario sociopolítico del 2003 en la Argentina para, desde ese lugar, analizar las características de la intervención de los profesionales del Trabajo Social.

En términos discursivos, a partir del 2003 se presenta un desplazamiento de las políticas sociales focalizadas, asistencialistas y selectivas; así empieza a instalarse desde los distintos anuncios, alocuciones, etc. acciones del Estado en relación con “los servicios sociales”, los distintos discursos gubernamentales empiezan a utilizar conceptos como “derechos”, “ciudadanía”, “inclusión”, “trabajo”, etc.

Firpo y Zalazar (2011) en referencia a los enunciados del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación y los argumentos de sus máximos referentes políticos, expresan que la política social pensada en el marco de este proyecto nacional, es entendida como una política integral que contempla a la persona en su totalidad, pero cuya singularidad se completa al ser parte de una comunidad o colectivo humano.
Desde esta mirada cae la concepción neoliberal de la política social como “compensadora” de la política económica, y se asume como una herramienta fundamental para la protección de los derechos sociales y de esta manera la profundización del carácter de ciudadano como parte de una comunidad, de un territorio y de una historia (2011:37)

En la página Web Institucional del Ministerio de Desarrollo Socialxxixpodemos observar en el discurso político que se busca dejar explicitado que los tres ejes centrales de la política social se orienta a enfrentar la crisis de las familias victimas del modelo neoliberalxxx. Es decir, se propone pasar de prestaciones básicas (asistencialistas y focalizadas) hacia un horizonte de “universalismo” como objetivo estratégico, así vemos en el documento elaborado en el 2007 por la Ministra de DS de la Nación que señala “Es bueno destacar que un rasgo sustancial de la política social en la Argentina a partir del año 2003, superando el perfil de meras compensadoras para transformarse en motores de los procesos de crecimiento económico. Las políticas sociales y económicas integran un par dinamizador del desarrollo social humano. Como dato sustantivo se destaca que la inversión en educación, promoción y asistencia social y atención pública de la salud, de los últimos cuatro años está concentrada en los quintiles inferiores de la distribución del ingreso, son una manifestación clara de la búsqueda de desarrollo humano para todos.xxxi
Si analizamos el contenido de los enunciados en los párrafos anteriores, asistimos a un redireccionamiento discursivo de las políticas sociales y, relacionado con los planteos de Repetto y Andrenacci (2006) podríamos sostener que éstas están enmarcadas en el denominado universalismo básico (UB) como una política social orientada por “la cobertura universal de prestaciones y riesgos esenciales, asegurando el acceso a transferencias, servicios y productos que cumplan con estándares de calidad, otorgados sobre la base de los principios de ciudadanía.

Es por ello que presuponemos que el proyecto político vigente presenta un vínculo discursivo entre universalismo y Estado en el que resalta la construcción ciudadana sobre la base de procesos democráticosxxxii– participativos.
Es así que – a partir de los argumentos expuesto por los referentes de la gestión de la política pública-, sostenemos que (hipotéticamente) asistimos a una situación inédita donde se genera una intersección donde confluyen objetivos, tanto del campo de la política social como del Trabajo Social, porque se constituye un escenario propicio para el desarrollo de procesos crecientes de ciudadanización que para el Trabajo Social implica la posibilidad de materializar el proyecto ético- político.
Y, es en el campo de la política social y, a través de las instituciones, donde puede generarse las acciones orientadas a remover los obstáculos que impiden el ejercicio de los derechos y, ello supone que las acciones generen una transformación paulatina de mayor igualdad y participación.

En el campo de las políticas públicas cuando las acciones estatales están orientadas a profundizar procesos crecientes de ciudadanía, el profesional del Trabajo Social tiene proximidad e involucramiento en la construcción de ciudadanía a través de intervenciones orientadas a fortalecer los derechos socialesxxxiii.

Para comprender estarelación Política Social-Trabajo Social, recurrimos a Nora Aquín (2003) quien expresa que el Trabajo Social centra su intervención en ámbitos donde la política social interviene, a partir de la autonomía social, los planes, programas y proyectos deben ser demandados por una población crítica y con capacidad de responder a construcciones colectivas.
El profesional del Trabajo Social debe actuar para develar e interpelar las condiciones en la que se produce, reproduce o se restringe la expansión de la ciudadanía.

Al mismo tiempo, Aquin y Acevedoxxxiv explican la necesidad de identificar la heterogeneidad de los espacios sociales que intervenimos los Trabajadores Sociales – espacios con autonomía relativa de cada campo- y es a partir de ese escenario complejo, dinámico y en tensión constante, se construyen diferentes estrategias de intervención (las estrategias de intervención transfieren recursos y capacidades). Asimismo sostienen, que es necesario considerar que cada agente externo imprime su propia impronta al proceso.

En el campo de las políticas públicas cuando las acciones estatales están orientadas a profundizar procesos crecientes de ciudadanía, el profesional del Trabajo Social tiene proximidad e involucramiento en la construcción de ciudadanía a través de intervenciones orientadas a fortalecer los derechos sociales.

Así los profesionales del Trabajo Social proponen e intervienen en el campo de las políticas sociales promoviendo procesos de reconocimiento y apropiación de los derechos sociales desde la comprensión de las distintas lógicas, saberes, significaciones que los sujetos -involucrados en la intervención- otorgan a las denominadas “necesidades” o “problemas sociales pero además buscando romper con la individualización de los problemas.

Desde las instituciones de la política social, la tarea del profesional se centra en develar y hacer visibles las desigualdades y la exclusión. Trabajar en la resignificación y reorientar la relación que históricamente se construyó entre las organizaciones estatales (dar- otorgar- beneficiar) y la sociedad civil (beneficiario- cliente-usuario).

Este modo de comprender y construir la intervención profesional permite legitimar socialmente la profesión pero a la vez requiere de mayor profesionalización es decir, ampliar las capacidades teóricas, metodológicas e instrumentales para realizar las lecturas, análisis y argumentación necesarias sobre las múltiples manifestaciones de la cuestión social.

Por lo tanto, creemos que la intervención profesional debe estar permeada por el intercambio de comunicación de ideas y como nos dice Agnes Heller (2002), “también la acción es un argumento” y por lo tanto la actuación profesional en el Trabajo Social constituye una intervención polifónica en el sentido de Teresa Matus Sepúlveda (2002).

Algunas reflexiones acerca de los objetivos que nos proponemos en la investigación.
En la intervención de las/los Trabajadores Sociales el saber, saber hacer, saber expresar, deben expresar el amalgamiento entre teoría-acción. Acción con sentido y acción fundada pero, no podemos dejar de mencionar que este proceso sociohistórico constitucional de la profesión ha tenido, ya sea por “acción u omisión”, vacíos de reflexión críticaxxxv.

Por ello es importante reconocer que la formación de los profesionales del Trabajo Social en el ámbito que nos ocupa (la carrera de grado de la UNaM) está transitando un proceso de revisión, cambio y redireccionamiento acerca de los distintos ejes epistemológico, teóricos, metodológicos, instrumentales y ético-político que definen “el hacer” de los profesionales del Trabajo Social.
En este marco, las prácticas profesionales no se presentan escindidas de la relación teórica (no en el sentido cientificista ni orientado al intelectualismo) sino que el proceso enseñanza – aprendizaje se orienta a que la matriz conceptual permita una aproximación, lectura e interpretación de la realidad para pensar en las prácticas en ese escenario socio histórico.
Pero fundamentalmente, como expresa Matus Sepúlveda, teniendo presente que toda situación debe ser reconstruida desde un cúmulo de saberes pertinentes y, donde se conjugan los conocimientos de teoría social necesarios con adecuados enfoques epistemológicos y los referentes éticos puestos en acción.

Toda intervención en lo social – y no en particular para el Trabajo Social-que pretende provocar un tipo de transformación tiene en esencia un sentido político, en este sentido expresa Cazzaniga (2006) ya que se realiza desde un imaginario de “como debe concebirse un orden social”, aún sin que esto sea explicitado, o directamente sea negado en los discursos.

La investigación que proponemos tiene como premisa trabajar la visibilidad del proyecto ético político a través de la forma o modo de comunicar el quehacer, el análisis del discurso es central para determinar a través del lenguaje utilizado el sentido y los valores de la intervención profesional en el Trabajo Social.
Recordando a Bourdieu (1998) “la historia hecha cosas y la historia hecha cuerpo” expresa el habitus, la matriz de una manera de pensar las intervenciones profesionales, una manera de nombrar la acción y a los sujetos.

Creemos que si en nuestras intervenciones, particularmente desde el Trabajo Social, no podemos dar cuenta de las diferencias entre los sujetos, los saberes, las historias, las causas de las dificultades de acceso a bienes y servicios entonces estamos creando un sentido de homogeneidad y nuestra actuación profesional se dirige a un todo indiferenciado.
Si para nombrar nuestras prácticas profesionales, los sujetos que intervienen, el sentido de la acción, etc. utilizando categorías como “los usuarios”, “la población”, “los pacientes”, “los vulnerables”; etc. no podemos aproximarnos al reconocimiento de la singularidad de cada existencia pero también el uso de estas categorías obstruyen el sentido de la intervención, olvidando la búsqueda del interés emancipador.

Nuestro interés es poder dilucidar, no solo el sentido de la construcción discursiva utilizada para nombrar sino que también buscamos poner tensión el sentido de la formación profesional que expresa “el deber ser” y el sentido del “es” como presente en la actuación profesional, porque creemos que es necesario interpelarnos permanentemente porque para intervenir consideramos que es preciso comprender porqué y sobre qué se actúa.

Boaventura de Souza Santos (2005) nos propone pensar la universidad más allá de sus muros, a revisar relación entre universidad, sociedad, Estado, mercado y en especial el rol de las instituciones de educación superior y sus agentes (los universitarios) en los procesos de cambios.
Por lo tanto, si se enuncia un escenario de cambios (“políticas inclusivas”) se plantea la necesidad de pensar la institución (universidad), el proceso de enseñanza-aprendizaje (formación profesional) en vínculo y relación con las demás instituciones del espacio público para proponer un trabajo en conjunto orientado a fortalecer procesos de ciudadanización.

Incorporar desde el discurso los derechos sociales no implica de ninguna manera que la intervención profesional este orientada a desencadenar procesos de ciudadanización, ser mediador no es traducir ni interpretar sino es poner en evidencia, dar oportunidades de expresión a las distintas voces, orientar nuestro quehacer a la visibilización de las caras ocultas, de los sujetos y sus situaciones cotidianas.

Notas de referencias