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¿Acaso La Droga Es El Toxico? Trabajo Social Y La Intervención En Toxicomanía

Alicia Noemí AlanizDescargar PDF

El siguiente trabajo tiene como objetivo profundizar y debatir las distintas respuestas que se dan al fenómeno de las toxicomanías, por parte de los trabajadores sociales y las cuales responden a distintos fundamentos teórico-metodológicos que subyacen en la profesión.
En primer lugar, parto por entender que el Trabajo Social es una profesión social e históricamente determinada, según Iamamoto “aprehender el significado social de la práctica profesional supone insertarla en el conjunto de las condiciones y relaciones sociales que le atribuyen un sentido histórico y en las cuales se torna posible y necesaria”.(IAMAMOTO, M, 1995:88), es decir que nuestra profesión se halla socialmente condicionada por situaciones sociales objetivas por lo tanto, en algunos casos, la dirección social es impuesta y trasciende la voluntad individual
Entonces, se observa una intervención profesional reducida a una entrevista socio-ambiental con la familia del adicto, la cual sirve para engrosar el expediente de internación en alguna institución estatal…”El informe de ambiente deberá ser efectuado por Asistente Social y consignará entre otras circunstancias: escolaridad, la vivienda, la ocupación, situación moral y económica del menor grupo familiar” (Ley de menores de la provincia de Buenos Aires). Este orden asimilado y el control social funcionan como condicionantes para elaborar estrategias distintas desde donde intervenir. No estoy justificando ese modo de proceder el cual piensa que no hay nada por hacer, que viendo a las instituciones en crisis, muchas de las cuales están colapsadas, se dejan llevar por la inercia de la supervivencia pero creo necesario, no perder de vista el momento histórico, que es el que constituye las condiciones particulares en que se desenvuelve el ejercicio profesional, caso contrario entraríamos en un mesianismo ilusorio.
Sin embargo creo se desatiende la oportunidad que se nos da a través de las instituciones para leer la subjetividad de una época. Si bien es cierto que la mayoría de ellas limita nuestro accionar no es menos cierto que en ellas se recibe una muestra grande y variada de demandas de sujetos portadores de nuevas formas de malestar que produce la civilización, según Xavier Esqué.
En segundo lugar, entiendo necesario considerar que el Trabajo Social siguiendo a Iamamoto “crece y se expande” en la sociedad “como parte de una estrategia más amplia del bloque dominante” se podría decir que surge como un tipo de acción social esencialmente política, sin embargo se enmascara bajo actividades que van desde las filantrópicas hasta los otorgamiento de beneficios sociales. Las políticas sociales se corresponden a intereses corporativos y a clientelismos políticos y no a dar respuesta a los problemas angustiantes por los que atraviesa gran parte de la población.
Por lo tanto, tener presente el significado sociopolítico de la profesión nos permite situarnos mejor para desvelar las acciones cotidianas que se crean y reproducen en la sociedad y en las cuales estamos llamados a intervenir.
El abordaje de las toxicomanías es sumamente complicado ya que esta atravesado por intereses particulares e institucionales, que no siempre se corresponden. Existe una demanda social que se da en un espacio tiempo, se configura un campo problemático en el cual intervienen diferentes actores y según quien ostente el mayor grado de poder es quien dirige la intencionalidad que tendrá la resolución del problema. Es por eso, que en algunas ONG ni se solicite la intervención de un profesional en Trabajo social, ejemplo granjas de puertas abiertas, no se considera pertinente nuestro trabajo en el tema, teniendo en muchos casos una concepción de los trabajadores sociales como aquellos que trabajan para “conseguirles cosas a los pobres” y el problema de ellos no pasa por la pobreza sino por el consumo de drogas, por lo tanto no es apropiado contratarnos. Estas instituciones en su mayoría están dirigidas por pastores de distintas ideologías religiosas o por drogadictos recuperados que consideran que solo se entiende a un drogodependiente si uno también ha consumido.
O´Reilly en su libro “Los quitapenas” nos habla de las modalidades de trabajo que se da en la fundación “Por esta luz” y que luego se traspasa a la fundación convivir, en referencia al tratamiento de las toxicomanías, ellas consisten en tratamientos ambulatorios y solo se recurre a la internación cuando el paciente no logra por si solo la abstinencia, la cual se realiza en clínicas u hospicios psiquiátricos, “según la condición económica del paciente”, si fuese necesario, por existir un riesgo grave para él mismo o para terceros. Nos habla de dos grupos operativos de trabajo compuesto de la siguiente manera: “primer grupo: un director, un coordinador asistencial, seis coordinadores de grupo de reflexión (…) un psiquiatra, un médico clínico, acompañantes terapéuticos y un supervisor clínico” 1. A simple mirada se podría suponer que nuestro rol sería el de coordinador asistencial, pues bien, siguiendo la lectura nos encontramos que los tres primeros grupos son ocupados por psicoanalistas y los coordinadores grupales son ex adictos. En el segundo grupo operativo se encuentran solamente psicoanalistas que trabajan independientemente en sus respectivos consultorios. Esto nos vuelve a confrontar con una realidad en donde nuestra profesión no es percibida como parte de un colectivo profesional de la ciencia en donde todos deberíamos estar convocados para reflexionar sobre las diferentes maneras de intervenir en las toxicomanías.
Por lo tanto es imprescindible trabajar en clarificar nuestra especificidad, para revertir el concepto de asistencialismo que de nuestra profesión se tiene. Si bien somos agentes de las cosas urgentes, también lo somos de las cosas importantes.
No es casual que la sociedad nos vea así, el trabajo social ha heredado la cultura del pensamiento humanista cristiano, luego recibe el pensamiento conservador europeo, crece en el auge de las ciencias humanas y sociales y se fortalece en el movimiento de la reconceptualización, con aportes de un estructuralismo y de un marxismo vulgar que llega a América Latina. Generando una equivoca interpretación de Marx y Althuser y sosteniendo vicios que hoy siguen latentes al interior de la profesión somos “una rama del saber” sino una especialización del trabajo en la sociedad. Esto dificulta nuestra intervención profesional ya que se nos tiene en un ideario social de socorristas y esta en nosotros revertir esta situación, mostrarnos como profesionales aptos para responder a las demandas inmediatas del mercado de trabajo y para identificar las necesidades virtuales que nacen de la contradicción capital-trabajo. Es necesario nuestra permanente mirada sobre como se aprehende la sociedad capitalista en sus múltiples determinaciones y relaciones ya que la practica social no se revela de inmediato, esto implica rechazar el empirismo y asumir el debate teórico-crítico que nos conduce a explicar la dinámica de la sociedad en su totalidad entendiendo esta según Kosik, “como un todo estructurado y dialéctico, en el cual puede ser comprendido racionalmente cualquier hecho”2 entre ellos las toxicomanías. Muchas veces somos contratados por las instituciones para desempeñar cargos de socio-terapeutas, es decir acompañante del toxicómano durante su recuperación con un adiestramiento previo, que va desde pasar por las mismas instancias que pasa un drogadicto al internarse, hasta aprender las formas de suministrarle algún medicamento, si es prescripto por autoridad competente. Se desconoce así nuestra capacidad de leer, de interpretar, de relacionarnos con el ser social, nos circunscriben a la condición de meros técnicos, es decir personas que constituyen su ámbito de acción inmediata y que no relacionan la práctica con la totalidad del proceso histórico.
Por lo tanto, debemos romper con la tradicional concepción de intervención como sinónimo de acción y pensar que en ella se gesta una actividad cognitiva y permanente la cual va desde lo macro a lo singular, para luego volver a resignificarse, siempre ubicándola en un proceso histórico.
Esto nos remite al campo de las mediaciones que según Martinelli son “las categorías instrumentales por las cuales se procesa la operacionalización de la acción profesional (…) Son instancias de pasaje de la teoría para la práctica, son vías de penetración en las tramas constitutivas de la realidad (…) la propia práctica es una mediación pues pone en movimiento toda una cadena de vínculo en la relación totalidad-particularidad” (MARTINELLI, M.L., 1993:1).
Por lo tanto son estas mediaciones las que nos permiten aprehender las partes de una totalidad compleja y la que nos da la posibilidad de sellar nuestra práctica como crítica o alienada.
Entonces, se hace imperioso entender la realidad social, en términos de Netto, como una totalidad concreta en la cual subyacen totalidades concretas de menor complejidad (NETTO, J.P., 1994:37).
Para abordar esta realidad, creo oportuno reflexionar sobre ciertas preguntas como ser: ¿Cuál es el objetivo de mi intervención?, ¿Cómo incide el contexto socioeconómico en la misma?, ¿Cuáles son las limitaciones que se me imponen?, ¿Desde donde y por que?, ¿Cuáles son las características de la población, sobre la que voy a intervenir?, ¿Por qué una persona llega a consumir droga?, ¿Cuál es la respuesta de la sociedad ante este fenómeno?, ¿Cómo entiende la sociedad el mismo?, ¿a quien se rehabilita y en donde se lo reinserta?.
Pero, además pienso que existe una pregunta clave que debo hacerme y desde donde surgirán las respuestas que de: ¿a que proyecto profesional me adscribo?, y esto me remite a una de mayor envergadura ¿Cuál es el proyecto societario, en donde yo profesional estoy inmerso?.
Como no es objeto de este trabajo ahondar en las respuestas que anteceden me limitare a reflexionar brevemente sobre ella.
Es evidente que en la sociedad se están gestando cambios significativos, es el momento de la búsqueda interior, del desarrollo de la persona, de la preservación de la naturaleza y la cultura de los pueblos pero esto, es en apariencia, en verdad lo que esta latente es una lógica de la indiferencia, como señala Lipovetsky “el momento postmoderno es mucho mas que una moda, explicita el proceso de indiferencia pura en el que todos los gustos, todos los comportamientos pueden cohabitar sin excluirse, todo puede escogerse a placer, lo mas operativo con lo mas esotérico (…) en un tiempo desvitalizado sin referencia estable sin coordenada mayor” (LIPOVETSKY, J., 1996:41). Esto no es ajeno a nosotros por el contrario somos parte de esta sociedad, estamos viviendo este proceso histórico y en muchos casos somos absorbidos por este estado de indiferencia, en donde el capitalismo encuentra la condición ideal para su subsistencia.
Por lo tanto nuestra práctica esta condicionada por este contexto, el quiebre que se produce en la sociedad nos enfrenta a una crisis de legitimidad y sentido, dice Martinelli “en las prácticas de los trabajadores sociales en hospitales psiquiátricos, hoy es posible observar la relación entre precarización y las problemáticas de salud mental. La irrupción de estas nuevas cuestiones aún no han sido estudiadas a fondo, pero marca la existencia de nuevos impactos en la subjetividad de los procesos sociales. Esto genera nuevos interrogantes hacia las diferentes disciplinas” (MARTINELLI et-al, 1998).
Surge una gran sensación de incertidumbre en donde todo se ha tornado inestable e individualista, sin embargo paradojalmente la concentración de capital y su apropiación es cada vez más homogénea a escala mundial.
En consecuencia el rol del trabajador social se redefine, por lo que es necesario cambiar las formas de mirar, escuchar, analizar e interpretar los hechos sociales.
Cada vez se hace más difícil aprehender lo social, hay que ajustar permanentemente las categorías de análisis que se utilizan sin descuidar desde donde y para que se interviene. Es necesario tener en cuenta la singularidad de los actores sin descuidar la historicidad de la sociedad a la que pertenecen, como también su contexto actual. Intervenir desde la historia del sujeto interpretando y comprendiendo su forma de ver el mundo, teniendo presente las propias limitaciones nuestras y de la institución desde donde se dan respuestas.
Existen instituciones donde los trabajadores sociales tienen un espacio reconocido, trabajando en forma interdisciplinaria cuya labor y esfuerzo es necesario resaltar, entre ellos se encuentra el hospital de emergencia psiquiatra Torcuato de Alvear, en donde se interviene desde el caso individual interrelacionándolo permanentemente con la familia, grupos de pares y contexto socioeconómico, a continuación, presentare un caso expuesto en un ateneo hecho por una trabajadora social citado en el Seminario “Lo social y la intervención en el campo de las adicciones” que tuvo lugar en el CENARESO (Mayo,2006).
Dice la Trabajadora Social: “Conozco a Marta en octubre del 96, cuando se inicia su etapa de admisión. En el momento de la primera entrevista no conozco casi nada acerca de ella. Priorizo la concreción de un encuentro a la lectura de su historia clínica. Me sorprende su aspecto…”.
En este primer párrafo se ve un compromiso adquirido desde el inicio de la entrevista que abarca a ese otro el cual es portador de algunas claves que nos darán muchas veces el rumbo de nuestra intervención.
Continúa, “Marta ingresa a Hospital de Día. Relativiza persistentemente la eficacia del tratamiento haciéndose eco de las presiones de su familia. Habla de una angustia que no puede controlar, que la paraliza. En este tiempo afianza su amistad con Diana, a quien conoce de Consultorios Externos del Hospital y, ante una agresión física por parte de su familia decide pasar una semana en su casa…”
Como se ve aparece la sensación de perdida de identidad por parte del enunciante y la relación con un par que ocasionalmente conoce, cobrando significación en su vida hasta optar por irse a vivir con esa persona. Es sumamente necesario prestar atención como el adicto busca puntos de apoyo fuera de la familia, otro ítem para ser cuestionado en nuestra intervención.
Luego sigue, “No quiere permanecer allí mas tiempo: tengo miedo de volver a mi casa y que me hagan sentir culpable pero … no quiero ser una carga para Diana. Su discurso oscila permanentemente entre la denuncia hacia su familia y el sentimiento de culpa. Habla de una Marta pasada y omnipotente. A este inicio del tratamiento de Marta yo traía algunas cuestiones que, en ese momento, pensaba me bastarían para organizar la dirección de mi intervención. La preocupación central que marca Marta es la de obtener un empleo, poder auto sostenerse económicamente. Según ella, el trabajo permitiría disolver las tensiones en su casa”.
Podemos inferir en el relato anterior el gran peso que tiene lo económico y como el trabajo da el sentimiento de inclusión, de pertenencia a una sociedad. También, marca los preconceptos que tenemos como seres humanos y en los que debemos trabajar para ser lo más objetivos posibles, en nuestras intervenciones.
“Mi intervención estaba dirigida a sostener a Marta en su proyecto de independencia y su decisión de quedarse en Buenos Aires; o ponerle a sus temores la afirmación de una capacidad de gestión y obtención de recursos, que mantuvo a lo largo de toda su historia personal. Desde un inicio la estrategia de tratamiento se oriento a desarticular los mandatos familiares allí donde Marta lograba esbozar su cuestionamiento”.
En este párrafo se puede observar la empatía lograda por la trabajadora social y el sujeto demandante y marca la estrategia de intervención que utiliza.
Por último concluye con una exposición en donde plasma su intervención y los resultados a donde arriba la misma, hace una sistematización de su práctica profesional.
A mi criterio es este un punto crucial que no podemos desatender, sistematizar lo que hacemos como profesionales, teniendo en cuenta que la misma no es hacer teoría pero sí es una herramienta fundamental para nuestro quehacer cotidiano.
A través de una revisión permanente de esa sistematización podemos intentar el abordaje de las toxicomanías teniendo en cuenta, como dice Martinelli “que las nuevas formas de exclusión tienden a naturalizarse y a construir nuevos etiquetantes sociales” (MARTINELLI et-al, 1998), por lo tanto se debe tratar de desconstruirlas observando su historicidad para lograr reconstruir los lazos sociales que puedan facilitar la reinscripción del sujeto en la sociedad.

Reflexiones Finales
A través del texto anterior se ha tratado de explicar cómo la noción misma de “toxicomanía” es una verdadera encrucijada temática, en la cual se ha tomado según las diferentes conceptualizaciones al tóxico como un remedio o un veneno. Esta ambigüedad permite imágenes y slogan asociados a ella, con pretextos que ilustra insidiosamente toda caza social del “cuerpo extraño tóxico”. Rosa del Olmo, especialista venezolana, dice sobre el tema drogas que “se ha escrito mucho, se ha hablado mucho aunque, generalmente, con criterios llenos de prejuicios morales, datos falsos y sensacionalismo, donde se mezcla la realidad con la fantasía y donde no se diferencian los hechos de las opiniones”.
Se habla de droga en singular y no de las drogas, habría un interés de no diferenciar sustancias muy distintas entre sí; basta que tengan una característica común: que hayan sido prohibidas.
Tampoco interesa hablar de una serie de sustancias permitidas, es decir, no prohibidas, que tienen tanta o más capacidad de alterar esas condiciones psíquicas o físicas, tales como el alcohol, tabaco, psicofármacos, etc. El consumo de drogas adquiere funciones específicas, rellena los espacios vacíos, llama la atención de los adultos, detiene la emergencia de la angustia, a veces se convierte en un rasgo de identidad que permite salir del anonimato social.
En esta sociedad que cada vez más valora el acceso a bienes económicos, el consumo tiene poderes mágicos a través de los cuales se intenta satisfacer las más variadas necesidades reales o simbólicas. La droga pasa a ser un objeto de consumo ideal, en tanto es cargada de múltiples significaciones. El deseo de éxito, el rendimiento laboral, la potencia sexual, la soledad, la frustración, el dolor, encuentran en las drogas una aparente satisfacción.
Así, se está frente a una problemática social aunque es el mismo sistema social quien procura y promueve paradójicamente el consumo de drogas. Las drogas constituyen el producto ideal para un sistema social basado en el lucro, ya que sin ser necesarias para la vida, pueden llegar a convertirse en imprescindible para el consumidor. El sujeto vuelve la espalda a este mundo y nada quiere tener que hacer con él. Por lo tanto sería necesario preguntarse ¿es la droga el tóxico? o acaso ¿es ella el síntoma denunciante de una sociedad enferma?
Esto lleva al cuestionamiento de los condicionantes de ciertos estilos de vida, pero no con el sentido de instaurar desde un lugar de poder, un estilo hegemónico de vida saludable, sino con la perspectiva de abrir la posibilidad de construir formas de vida compatibles con la salud, en un marco de tolerancia y respeto por las diferencias.
El pedido de información que posibilite detectar a los posibles consumidores para poder luego derivarlos y/o denunciarlos a alguien designado como “experto” porta, en lo sustancial, la idea de que el problema está afuera de uno. Detrás de auto justificaciones humanitarias y de buenas intenciones, se esconde, a veces, una enorme dificultad para comprender las complejas dinámicas que el consumo de sustancias, de alguna forma, denuncia.
Las respuestas que de ello se desprende, por lo general, agudizan la exclusión, a través de la segregación y estigmatización, frecuentemente fortalecedoras de la situación que se pretendía solucionar.
La problematización de las urgencias que el tema provoca pasa también por el cuestionamiento de los discursos dominantes. Por ello, la prevención enfatizará los aspectos que hacen a la promoción de una mejor calidad de vida, partiendo de la interrogación singular y colectiva de nuestra vida cotidiana, y nuestros posicionamientos frente a la emergencia del fenómeno, incluyendo la forma como lo representamos y nuestro quehacer concreto que parta de la interrogación y el análisis de nuestra implicación, atendiendo a los nuevos desafíos de la realidad y a generar respuestas desde la interdisciplinariedad.
Tratando de detectar, no qué consume una persona, sino poder pensar qué lo consume. Y en este sentido, siguiendo a un psicoanalista argentino Alejandro Ariel, la prevención es también “hacer lugar” ya no solo para evitar que se instale una enfermedad, sino “hacer lugar” a la particularidad de cada sujeto, considerando su padecimiento, su síntoma, su pregunta.
Por último, se utiliza una frase de Sigmund Freud que logra captar el posicionamiento ético que se ha tratado de enunciar desde un principio y dice así: “Cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que puede ser feliz, su elección del camino a seguir será influida por los más diversos factores.”
Para concluir, me he permitido abordar esta temática atendiendo a una necesidad íntima que me involucra directamente con el fenómeno de las drogas, como así también me interpela como Trabajadora Social. Estoy convencida que no es desde la censura respecto al acto del sujeto, ni desde la reducción de daños, que tendrá una posible solución, sino desde el escuchar y concebir al otro distinto a mí y dar cuenta qué detrás de esa perversa identificación “soy adicto” existe un sujeto pleno de derechos que es necesario hacer surgir.
Creo que se debe poner énfasis en las prevenciones pero, es hora de salir del “simplismo” o “reduccionismo” en pos de implantar prácticas preventivas realmente revolucionarias, en las cuales no se sobrepongan los intereses corporativos sobre las necesidades del desarrollo científico para dar lugar a intervenciones más eficaces.
Debemos recordar que “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo: cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra (…) la muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligada a la humanidad y por consiguiente, nunca mandes preguntar: ¿Por quién doblan las campanas? Doblan por ti…” John Donne.

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